Aún recuerdo con nitidez la discusión que tuvieron por causa de la fallida píldora:
Cuando muchacho, solía oír y hablar de esos temas con tanta frialdad o risotadas como fuera posible, quizás rehuyendo las emociones que el tema implicaba; pero cuando esa noche escuché cómo mi padre intentaba ordenar su vida en base a un aborto, sentí que mi masculinidad perdía estabilidad mientras lloraba detrás de la puerta. Logré restablecerme solamente cuando mi madre le aseguró preferir el divorcio. Un portazo selló el último adiós de mi padre, quien enceguecido por sus múltiples sinsabores, condujo su automóvil con inconciencia. Tardamos dos semanas en saber que había muerto en aquel accidente y yo, habiendo estado secretamente a favor de la decisión de mi madre, con la fatídica noticia me revelé contra ella, recriminándole que hubiera preferido ese feto inesperado a la vida de su marido.
Me fui a vivir a casa de Jaime, mi compañero de universidad. Cuando llegó el momento, su madre tímidamente me sugirió reconciliarme con mi progenitora, a lo que accedí a regañadientes. El contraste que procura el tiempo, hizo que desconociera a esa mujer que aparecía frente a mis ojos, tan desvalida como gatita callejera: Allí, sola sufriendo de parto, hizo que odiara lo que le abultaba el vientre de esa manera.
- Julito...
- ¿Te duele?
- Es natural... Igual pasó contigo...
- ¡Pero... pareces enferma!
- Sí, así parece...
- ¿Por qué no hiciste lo que te sugirió el papá? Repliqué enojado.
- Julito... ¡No otra vez!
- ¡Pero, si yo nunca te dije nada!
- ¡Tú no! Pero tu padre sí lo dijo hace unos veinte años... ¿Entiendes?
En ese preciso momento, sin entender la razón, toda la ternura que sentí al ver a mi hermana, se congeló y transmutó en un perfecto rechazo. Di vuelta la espalda perturbado y volví a mi refugio. Al otro día sentí que no quería amanecer. Intentaron despertarme varias veces, pero continuaba hundido en la cama y mi malestar. No quería aceptar al nuevo miembro de la familia.
- ¡Pero mamá! ¡Creen que Julio es el marido...!
- ¡Qué le pasa tía!
Escondí la cara entre mis manos, avergonzado de mis propios delirios y lloré. Lloré hasta hinchar mis ojos y afectar la garganta con la sal de mi amargura. Lloré hasta comprender que esa pequeña harpía, era el único pariente que entonces tenía. Se hizo un silencio sobrecogedor tras mi reflexión, que envolvió mi descenso lento y divagante, pero se rompió con el sonido de mis zancadas, que me llevaban corriendo hacia el hospital.
Al llegar y abrazar a mi hermana, gritaba como enloquecido: ¡Gracias madre, por no haberme dejado tan solo!
1995







Con este cuento ya quedé en estado catatónico...
Ya me estoy preguntando ¿por qué tanta crudeza?... ¿porqué tanto dolor?... ¿cual "por que" es el que debo usar?.. (mi intuición me dice que el primero).
Creo que querría leer un cuento en el que me impresionaras con tu increible humor, con tu crítica destemplada, o con tu contagiosa alegría...
Seguiré hurgando...
Tom